Sunday, October 2, 2022
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Los molinos de viento también están deforestando el Amazonas

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Desde 1978, alrededor de un millón de kilómetros cuadrados de selva amazónica han sido destruidos en Brasil, Perú, Colombia, Bolivia, Venezuela, Surinam, Guyana y Guayana Francesa. El motivo es simple: inicialmente fue producto de agricultores de subsistencia que talaron árboles para producir cultivos para sus familias y el consumo local, pero en la última parte del siglo XX, cada vez se ha ido produciendo más deforestación impulsada por actividades industriales (presas, excavaciones en busca de minerales, proyectos de colonización…) y agricultura a gran escala.

Ahora la deforestación en el Amazonas está fuera de control. En 2021 ha alcanzado el nivel anual más alto en una década, según demostró un informe reciente, a pesar de la creciente preocupación mundial por la devastación acelerada de esta emblemática región. Como muestra un botón: solo entre agosto de 2020 y julio de 2021, la selva tropical perdió 10.476 kilómetros cuadrados, un área casi siete veces más grande que Londres, según datos publicados por el instituto de investigación brasileño Imazon que lleva registrando la deforestación del Amazonas desde 2008. Es la peor cifra desde 2012.

¿Qué tienen que ver las renovables con este problema?

A medida que las naciones de todo el globo buscan posicionarse como líderes mundiales en la lucha contra el cambio climático y la transición a las energías renovables, algunas han invertido (y mucho) en la construcción de parques eólicos.

Uno de estos ejemplos es China. En el año más duro de la pandemia, 2020, añadió más capacidad de parques eólicos que el resto del mundo combinado. Una apuesta importante. Sin embargo, este aumento en la demanda de energía eólica requiere materias primas para la construcción de molinos de viento, y resulta que la madera de balsa -con la que se fabrican las aspas de los aerogeneradores- se ha convertido en uno de los mejores materiales para construir turbinas eficientes y ligeras que requieren poca velocidad del viento para producir energía.

Se necesitan unos 150 metros cúbicos de madera para cada una de las palas de un solo aerogenerador que alcanzan ya los 80 metros de longitud (algunos incluso hasta 100 metros), según cálculos del National Renewable Energy Laboratory de Estados Unidos. Eso es mucha madera. Y no olvidemos que Ecuador es el principal exportador de esta madera con un 75% del mercado global.

Bien preciado: la madera de balsa

Y esta demanda de energía limpia no hace sino provocar una enorme presión en las regiones donde crecen los árboles de balsa como los territorios ancestrales de la Nación Wampís, la Nación Awajún y el Pueblo Shuar Arutam de la Cordillera del Cóndor que abarcan la remota selva amazónica que se extiende a ambos lados de la frontera entre Perú y Ecuador. Estos lugares son tan reclamados porque la madera de balsa crece de forma natural y abundante en las orillas del río. La consecuencia es que la pérdida de bosques ha tenido una tendencia ascendente desde entonces porque la demanda es demasiado alta. Los balseros ilegales -e irregulares- no se lo pensaron ni un instante ante el incremento de la demanda: empezaron a cortar masivamente la madera de balsa virgen que crece en las riberas de los ríos amazónicos y sus islas, como los mencionados anteriormente. Los efectos directos de esta práctica son muy destructivos y palpables.

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